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300 HOLANDESAS/LA NOVELA: Jueves 29 de junio de 2070 (50 de la Era Fukuyama)

julio 12, 2011

Queridos, madrileños, conciudadanos. Hoy es un día grande y esperado por nuestra comunidad. Nos congratulamos en inaugurar una obra largamente deseada. Han sido 50 años de empeño por parte de mis predecesores, desde que el presidente Aguirre impulsara, con gran visión de futuro, la entonces obsoleta red viaria subterránea. (…)
En esta hermosa mañana, y desde esta novísima estación metropolitana de Cercedilla, corazón de la ciudad nueva, damos por culminada nuestra red metropolitana estatal, con una extensión total subterránea de 400.000 hectáreas, la mitad de nuestro territorio. (…)
También damos la bienvenida al nuevo Talgo Magnético Modular, que hoy comienza su andadura. Ya es posible cruzar el estado en sus vagones, dotados de la mejor domótica, la más preciada ergonomía y todas las herramientas necesarias para realizar cualquier gestión financiera o logística, por compleja que sea ésta. (…)
Gracias y recuerden: El Gobierno, siempre junto a sus ciudadanos.

La cara del presidente desapareció. Seguidamente pasaron un breve reportaje sobre el nuevo tren. Apenas veinte segundos en los que una voz decía:
Más rápido, más seguro: de tu urbanización al trabajo en un suspiro. El estado de Madrid rentabiliza tu tiempo. Nuevo TMM, una nueva máquina para una nueva sociedad.
Apagué el sonido de los intravoces. Ordené que desapareciera la página de boletines del Gobierno. El publirreportaje del nuevo TMM se esfumó de la pantalla. En ésta quedó la imagen de mi apartamento. Grité:
–¡Moni Penny, baja de ahí y vete a cazar ratas!
El maldito gato, que estaba tumbado en mi sofá de cretona blanca, pegó un brinco y saltó al suelo con un maullido resignado. Sonreí con satisfacción. Era maravilloso poder vigilar a distancia a aquel inmundo bicho. Se lo había regalado a Iris. Cuándo aún estábamos casados. Mi ex mujer se fue y el gato se quedó.

Me acerqué a mi triple filtro y contemplé el vacío. La plaza de Cibeles y la avenida de Recoletos. Con sus baobab y sus palmeras reventando el pavimento. Entre los troncos muertos de los antiguos plátanos, corrían algunos inmis, tratando de esconderse en las sombras. Tal vez en busca de cadáveres con los que alimentarse. La estatua de la diosa presidía aquel enorme silencio, ennegrecida y pintarrajeada. Expuesta al brutal sol de medio día. Me senté de nuevo.

–Mandar mensaje oficina Subsecretario Mercamadrid; dos puntos –ordené a la ultrapalm.
Me desanudé un poco el nudo de la corbata. Como sentía calor ordené:
–Dos grados menos –pensé que tal vez dos grados sería demasiado y me corregí–. Un grado más.

Sin embargo, el aparato había vuelto a estropearse. Grité hacia la puerta del despacho. Apareció el sargento de guardia. García. Era un hombre alto y fornido. Dotado de una incipiente panza. Poseía una cabeza ovalada, con prominentes entradas y pelo canoso. Y una característica nariz chata. Con gesto cansino, molesto ante mis alaridos, el sargento, que iba siempre con el mono gris de la PEM, escupió:
–¿Qué coño quieres, Ibárruri?
–¿Es que en este edificio no arregla nadie el aire acondicionado?
García se volvió hacia el exterior y les gritó a los demás:
–¡Eh! Mirad este mamón. Cree que porque tiene un despacho es un puto urba o algo así. Se queja del calor.
Una decena larga de improperios salieron desde la sala central en dirección a mí. Mis compañeros me hicieron saber que ellos también se estaban achicharrando.
–No me creo un puto urba, sargento –objeté–. Pero si tengo un despacho es porque resuelvo más casos. Y por lo tanto me lo puedo pagar. Y digo yo que si el precio incluye despacho y complementos, el aire por lo menos podría funcionar.
–Pues te jodes, como todos –bramó García–. Estoy hasta la polla de estos polis pijos. ¡Si quieres lujos, detective Ibárruri, hazte guardia de seguridad de una urbanización de la sierra!
–Pues ganaría más –acerté a decir antes de que el sargento cerrase con un sonoro portazo.

La verdad es que funcionar, el aparato funcionaba. Pero no tenía la potencia suficiente para enfriar el despacho. Habría que seguir trabajando a veinticinco grados.
Pronuncié el mensaje:
–Señor Romaguera y Santamans, secretario de congelación de Mercamadrid: Estimado señor, le confirmo la cita de hoy para comer en el Matsutake. Creo que podemos hacer un trato muy bueno para todos. Ya sabe, el TMM. En fin, es mejor hablarlo durante la comida. No quisiera deslizar ningún dato imprudente. Salida de mensaje –ordené.
Me recosté en la silla y eché la espalda hacia atrás. El respaldo cedió y se activaron las válvulas de masaje lumbares. Aquel invento urba me parecía un lujo estúpido. Pero, sin saber por qué, lo usaba con frecuencia. Quizás porque me sentía como ellos por un rato. Pensaba: “¿Así es cómo estos cabrones disfrutan de la vida?”

Estuve en esa posición un minuto justo y luego volví a echarme para adelante, impulsado por la propia silla.
–Balance –dije. En la pantalla se activó un programa de balances con innumerables casillas y cifras–. Casilla uno. Sumar totales verticales –una cifra apareció en pantalla–. Beneficio neto potencial –una nueva cifra–. Beneficio bruto potencial –otra cifra mayor–. Combina actuales y potenciales. Media ponderada. Aplica Sesgo de Yates. Carga ultrapalm.
En la pantalla apareció un contador de tiempo y oí a través de los intravoces:
Cargando ultrapalm. ¿Desea anular?.
Inmediatamente:
Ultrapalm cargada ¿Finaliza?
–Finalizar –ordené. Cerré la tapa de la pequeña ultrapalm.
Me levanté de la silla y cogí mi americana. Y la ultrapalm, por supuesto.
Salí del despacho a una amplia y kilométrica sala donde se disponían cientos de mesas, compartimentadas y separadas por mamparas transparentes. En ellas, los agentes de la PEM se afanaban en su trabajo. Caminé por el largo pasillo y saludé a algunos de mis compañeros.
–¿Todo bien? –me decían.
–Para siempre –respondía yo. Este era el saludo ritual en la Era Fukuyama.

Dejé atrás el pasillo y las mesas, con mis compañeros trabajando febrilmente. Llegué a la sala de ascensores. Pulsé el botón e inmediatamente se abrió una de las puertas. Entré, le di al botón de la planta menos cinco y el ascensor descendió a toda velocidad. Esperaba tener suerte y poder estrenar alguno de los nuevos TMM. El ascensor se detuvo en la planta indicada, que no era otra que la de la línea que llevaba a Atocha. Allí estaba el Matsutake. Uno de los mejores restaurantes del mundo, pues tenía atún del estrecho.
La puerta se abrió. Salí. Me coloqué sobre la cinta transportadora. Podría haber ido en cinta hasta Atocha. En apenas un minuto. Pero decidí tomar el desvío a la parada del suburbano.
Para mi gran contrariedad, el tren tardó cinco minutos en aparecer. Algo intolerable en el mundo urba. Me resigné a sentarme en uno de los cómodos sofás del amplio y lujoso andén. Mientras, atendía a las explicaciones que a través de los intravoces daba el servicio de atención al cliente de la Red Suburbana Madrileña (RSM). Que si por problemas de acople entre los nuevos trenes y los antiguos, el servicio iría unos segundos retrasado. Que si disculpásemos las molestias y la RSM no nos cobraba el viaje… Saqué del bolsillo de mi americana la cajita de plástico naranja donde guardaba los ansiolíticos. Escogí uno con sabor a cereza y me lo introduje en la boca. Inmediatamente mi indignación se calmó.

Finalmente llegó el tren. Era uno de los nuevos. Se detuvo y entré. Junto a la puerta había una pequeña pantalla donde había que exponer las tarjetas de pago. Expuse mi ultrapalm, donde estaba mi código de identificación como agente de la PEM. Los intravoces dijeron:
Servicio gratuito. Cortesía de la RSM. Buen viaje.
La puertas se cerraron y al cabo de diez segundos se volvieron a abrir. Estaba en Atocha. Salí al lujoso andén admirado de la velocidad de aquella máquina. Debía reconocer que los interiores me habían impresionado. Poco pude ver en diez segundos, pero lo suficiente para considerar aquel trasto un buen avance. Un notable índice del progreso de la Era Fukuyama.
La cinta transportadora me dejó en la puerta del Matsutake. Una voz muy suave de mujer me saludó por los intravoces, llamándome por mi nombre. Me anunció que Romaguera y Santamans había avisado. Se demoraría unos diez minutos. Tiempo que a mí me supondría un ahorro del 3% en el coste final de la comida. Un porcentaje que correría a cargo del secretario. Como compensación por el retraso. En realidad a mí me daba lo mismo. No pensaba, ni hubiera podido hacerlo jamás, pagar aquella comida.

Si usted lo desea –prosiguió la voz–, señor Ibárruri, puede esperar al señor secretario en nuestra sala de cócteles. Tenemos un diván preparado y apreciará que la temperatura es envidiable y la luminosidad idónea. Y nuestra remezcla de violines le resultará muy relajante.
–Sí –conteste lacónicamente. Y luego–: tomaré un vino sudafricano.
El restaurante era una inmensa nave de color gris perla con claraboyas en el techo, por donde entraba la luz filtrada. Era cierto que la luminosidad era deliciosa. Siempre lo era en los locales urba. Una baldosa deslizante me llevó a la sala de cócteles. Me dejó frente a un amplio diván rojo, donde me tumbé. En una mesita, a la altura de mi mano, tenía servida una fría copa de vino de Sudáfrica. También tenía un cuadro de mandos que anunciaba diversos servicios. Los escuché con curiosidad. Ordené un masaje ligero. El aire denso del diván comenzó a ondularse. Me desanudé un poco la incómoda corbata. Nunca, excepto cuando tenía que visitar a un urba importante, usaba trajes. Apoyé la nuca en la cabecera y cerré los ojos. La remezcla de violines penetró en mi cabeza poniéndome de mal humor.

Sin saber por qué, me vino a la mente mi ex mujer… Y todo por la hiperradiación, que la había dejado estéril. Antes de conocer su imposibilidad, tampoco ella quería tener descendencia. Pero cuando recibió el informe rutinario estatal comenzó a abusar de los ansiolíticos. Intentamos alquilar un crío en algún país lejano. Donde el agujero en la capa de ozono no fuese tan notable. Pero chocamos con innumerables trabas. En la situación de Iris había millones de urba en todo el hemisferio norte.
A ello había que sumar la reticencia de las autoridades de los países libres de hiperradiación, la mayoría en el hemisferio sur. La practica de la adopción los estaba vaciando de mano de obra. ¿Quién iba a trabajar en el campo o en las factorías si los urba se llevaban a todos los recién nacidos? Zonas tan importantes como Filipinas o Uganda habían estado a punto de perder su recambio generacional. Ahora sólo en casos de urba muy notables se permitía la adopción.
En última instancia, siempre se podía recurrir a los bancos de esperma y óvulos de individuos del sur. Era un método caro, pero sencillo. No en vano, las autoridades de los estados del norte llevaban años metidos en una intensa campaña para fomentar esta práctica entre los urba. El problema era que nosotros ni siquiera llegábamos a la categoría de urba.
Al menos yo. La situación de Iris era otra. Ella siempre fue una urba. Sus padres tenían razón cuando le decían que se había casado conmigo por estúpida rebeldía. ¿Quién era tan idota como para renunciar a un nivel de vida urba y liarse con un funcionario de policía? Iris hizo bien dejándome y casándose con un alto ejecutivo de una empresa de distribución de criofilizados. Consiguió lo que tanto deseaba.

Los intravoces se volvieron a activar y aquella voz suave de mujer me indicó que era la hora de sentarse a comer:
Señor Ibárruri: hemos detectado la presencia del secretario a un minuto de aquí. Si quiere esperarle sentado, puede pasar a su mesa reservada. Está junto al tercer ventanal. Si prefiere comer en el diván, éste se dirigirá a la mesa.
–No –respondí desechando la posibilidad de comer tumbado.
Me alcé y de nuevo. Una baldosa deslizante me llevó a la mesa, a unos cincuenta metros de distancia. El tercer ventanal era en realidad una inmensa pantalla de cuatro metros de alto y cinco de largo. En él se podían observar escenas de un fondo marino. Ballenas, cachalotes, medusas y pulpos gigantes se paseaban frente a los comensales. Me senté y volví la silla giratoria hacia la pantalla. Siempre me habían fascinado esos animales tan extraños. Parecían de otro planeta.

Romaguera y Santamans llegó rebosante de energía y disculpas por su retraso. En realidad podía hacerlo. Era un miembro muy importante del Gobierno. Un peso pesado del comercio continental. Un funcionario encargado de un departamento vital. La sección de congelados de Mercamadrid ocupaba una superficie equivalente a todo el Distrito Financiero. En ella no sólo se almacenaba el producto que iba a ser distribuido por las distintas urbanizaciones del estado. También reposaban allí las mercancías con destinos más septentrionales, como los estados de Bilbao, Oporto-Vigo o Barcelona. Incluso para muchos estados franceses era de gran importancia aquella sección. Por lo tanto, Romaguera y Santamans podía llegar todo lo tarde que quisiera. Le bastaba con excusarse y pagar la parte de la comida proporcional a su retraso. Como era costumbre entre los urba. O en mi caso pagarla entera. Como era de ley entre un policía pobre y un rico funcionario.
El secretario se plantó frente a mí. Era un hombre delgado y más bien alto, aunque no demasiado. Sin duda elegante. A la manera urba. Vestía traje blanco con lunares rojos, camisa verde pistacho y corbata rosa pastel. Tenía una abundante cabellera entreverada de canas y peinada hacia atrás. Y lucía unas estilizadas lentes de montura de plástico naranja. Me levanté de la silla y le tendí la mano amistosamente.

–¿Todo bien? –me preguntó exultante.
–Para siempre –respondí con mi mejor sonrisa de adepto al sistema.

Procedimos a sentarnos y cada uno ordenó sus platos escuchando el menú recitado desde los intravoces. Si teníamos alguna duda, siempre podíamos pedir una holografía. Inmediatamente nos aparecería delante el plato, dotado de olor y sabor. Así se nos permitiría catar antes de ordenar. Pedí sushi de la almadraba de Cádiz, cebiche de emperador de las granjas de Mauritania y tempura de verduras argentinas. Además de tres copas de vino sudafricano. Y de postre un flan de té. Romaguera y Santamans ordenó un menú muy similar, pero la verdura la prefirió de Kenia y aderezó el cebiche con ostras del pacífico chileno. Para beber, un tinto uruguayo. Los platos llegaron casi inmediatamente en una mesa camilla teledirigida.

–Bueno, detective Ibárruri –dijo el secretario mientras jugueteaba con sus gafas mordiendo una de las patillas–, imagino que ha visto el magnífico TMM.
–No sólo lo he visto sino que lo he disfrutado. Durante unos diez segundos –respondí.
–¿Y? –Romaguera y Santamans esperó la respuesta con teatral expectación.
–Una maravilla, increíble –asentí–. El presidente tiene razón, estamos alcanzando unas cotas de progreso impensadas. Y todo gracias a ustedes.
–Oh, bueno, ya sabe que yo simplemente soy un alto funcionario. En un puesto importante, claro… –Romaguera y Santamans gesticuló con esa falsa modestia, precipitada y nada elaborada, que más que negar reafirmaba.
–Fundamental –apunté con la intención de adularle–. Gracias a gente como usted, la distribución de larga distancia es un problema nimio. Y pensar que cuando yo era pequeño llegamos a pasar épocas de carestía de algunos productos básicos. Claro que eso fue sólo para los más pobres.
–Yo también me acuerdo de esos tiempos –dijo Romaguera y Santamans con solemnidad–. Piense que soy bastante mayor que usted, y los veinte me cogieron en la adolescencia. Sí –suspiró–; se acabó todo de repente. Pensar que más allá de nuestros hogares nuestra querida tierra se convertía en un yermo… Sevilla, Toledo, León, Granada y tantas otras ciudades milenarias no son ahora más que montones de ruinas.
–Sin embargo –añadió con orgullo–, en Madrid supimos aprovechar la tecnología para hacernos imprescindibles para los estados costeros.
–Los continentales somos la mejor civilización –dije para tratar de alimentar su ego de urba europeo.
–Oh, detective, no sea tan etnocéntrico. Yo diría que en el Imperio Popular Chino se vive mejor. Por algo son los actuales dueños del mundo. Además, la mayoría de los antiguos países del hemisferio sur funcionan de maravilla. No hay nada como un clima sano para poder cultivar o tener pastos y ganado. ¿Ha probado usted el buey de Guinea? Magnífico –aseguro sin esperar mi respuesta que, obviamente, hubiese sido negativa–. No creo que nunca haya habido una carne igual. Ellos tienen el clima y nosotros la tecnología. Ellos viven mejor que antes y nosotros muchísimo mejor.

Ambos nos reímos del chiste. Él por satisfacción y yo, supongo, porque me gusta reírme de vez en cuando.

–¿Qué hay del problema nigeriano? –solté. A Romaguera y Santamans se le agrió la sonrisa.
–Bueno… –dudó unos instantes mientras se rascaba nerviosamente la barbilla– Sólo son una pandilla de rebeldes desagradecidos. Pero no hay por qué preocuparse. Más que una guerra es un pequeño conflicto que solucionaremos pronto. ¿Dónde ha oído usted hablar de eso? –quiso saber.
–En algunos boletines especializados a los que estoy suscrito –expliqué.
–Ah, bien… No se preocupe por ello, ya está bajo control. Pronto aquello volverá a ser un territorio Fukuyama. Nigeria –añadió– era ya una tierra importante antes de nuestra era. Por sus yacimientos de petróleo.

El secretario miró su copa de vino, sonrió con su aire de sesentero importante y condescendiente y prosiguió:
–Es curioso: antes no se concebía una civilización sin combustibles fósiles. En cambio, ahora vemos que eran totalmente prescindibles. Pero qué mal lo pasamos durante los primeros años de la Era. La culpa fue de esos estúpidos americanos. Mire cómo les va ahora: olvidados al otro lado del atlántico. Sumidos en un retrógrado régimen militar religioso. En diez años de guerras dementes, acabaron con la capa de ozono y de paso con todas las reservas de petróleo. ¡Qué decadencia! Ni California se salvó. Y pensar que reciben ayuda humanitaria de Cuba–Miami. ¿Sabía usted que en el siglo pasado la isla fue un reducto parecido al que ahora es Norteamérica? –Romaguera y Santamans se detuvo y me miró con una sonrisa irónica–: Oh, sí que lo sabía. ¿No es cierto? Usted es un don, y los don leen todavía. Y probablemente sepa escribir. Incluso a mano. Me gustan ustedes, los bohemios del Distrito Financiero. Recorren la ciudad aún a riesgo de su vida, buscando libros, discos, pinturas y otras obras del hombre antiguo. Son como yo era de joven: rebeldes e ingeniosos. Románticos.

No sonreí ante el comentario de Romaguera y Santamans. Maldita la gracia que me hacía. Es cierto que era un don y que sabía escribir incluso a mano. ¿Qué creía el secretario? Veinte años atrás, en mi zona no habíamos visto un teclado de ordenador. La tecnología desapareció de los barrios pobres de la noche a la mañana. Y tardó lo suyo en volver. ¿Cómo aprender a escribir si no a mano? El secretario sonrió con cinismo, tanto para mí como para sí.

–Pero vayamos al grano, detective –dijo–. Creo que quiere hacerme una propuesta interesante para los dos. Si no me equivoco, tendrá que ver con los nuevos sistemas de mantenimiento térmico de la gama Magnético Modular.
–Para mí no es una propuesta especialmente interesante. Lo es para el consorcio que me ha asignado el caso –corregí–. Aunque reconozco que si la acepta, todos nos ahorraremos problemas y mi gratificación será superior.
–Por supuesto, a eso me refería –se excusó manteniendo su cínica sonrisa.
–Bien, al grano –puse mi peor cara de sabueso–. El tema es conseguir para mis clientes la exclusiva del transporte de congelados marinos en tránsito a otros estados. Sabrá usted mejor que yo las ventajas que ofrece la compatibilidad de sistemas térmicos de la actual red peninsular. Hasta ahora había que realizar procesos de reajuste en cada cambio de tren. Lo cual llegaba a provocar demoras acumuladas de hasta cinco horas en la recepción programada. En cambio, a partir de hoy mismo se podrían reducir esas demoras a apenas quince minutos. Bastaría con tener un programa logístico eficiente de pre y post cargado.
–Cierto –Romaguera y Santamans asintió sin desdibujar su maquiavélica sonrisa–. Y usted quiere ser quien se lleve el gato al agua.
–¿Ha tenido más propuestas de este tipo? –pregunté.
–No. Pero llegarán. No lo dude –me guiñó un ojo.
–Pues ténganos en cuenta –dije adoptando un tono trascendente–. Hemos hecho un estudio de los beneficios que se podrían derivar para todos, desde Mercamadrid hasta el mismo usuario. La operación, si se hace bien, puede ser altamente rentable. Tenga en cuenta que la suya es la única central de descarga importante desde Algeciras hasta París. Imagínese el avance.
–No lo veo –dijo el secretario retadoramente.
–Saque su ultrapalm –le pedí tras mirarle fijamente tratando de averiguar su juego.

Romaguera y Santamans era demasiado inteligente como para no comprender las ventajas de aquel negocio. Ambos pusimos nuestras pequeñas ultrapalm frente a frente. Una luz roja parpadeó en cada una de ellas y se produjo una transferencia de datos que apenas duró diez segundos.
–Le acabo de pasar el estudio financiero que el consorcio para el que trabajo ha hecho –dije–. Comprobará lo que le digo.
–Sigo sin verlo –insistió él con una sonrisa maléfica.
Le miré de nuevo. Me di cuenta de que él sabía que yo sabía lo que tenía en mente.
–¿Usted un corrupto, señor secretario? –solté– No me decepcione. Para un urba que admiro… –Romaguera y Santamans se rió abiertamente.
–Por Dios, y perdone la vaciedad de la expresión, tengo de sobras con lo que gano y lo que poseo. Y usted lo sabe –aseguró–. Además, no tengo grandes vicios. Aún así sigo sin verlo. ¿Me comprende, detective?
Sonreí y dije:
–Está bien, me está examinando. Quiere ver a un chico pobre y listo en acción. De acuerdo: he descubierto que tienen problemas con el tema del cobro del tiempo de estancia de mercancías. Por eso han avanzado la inauguración del nuevo TMM termocompatible. ¿No es así?
–En gran parte –asintió Romaguera y Santamans.
–Toda la cadena –proseguí– está cabreada con las centrales por este tema. Creen que ustedes se demoran a posta. O como mínimo que no hacen lo suficiente para mejorar el tiempo de transición. Y de hecho tienen toda la razón.
–Afirmativo –de nuevo la sonrisa orgullosa y cínica.
–Pero esta treta ha sido simplemente un apaño para no perder dinero. Ahora las cosas se están poniendo feas. Y resulta que tienen el deber de mejorar en este aspecto. Pero no quieren perder los beneficios del tiempo de alquiler. Todo un dilema. De hecho, Mercamadrid es cada vez menos necesaria como estación de transición. Y si el progreso sigue avanzando…
–¡Exacto! –soltó el secretario con una risotada–. Toda una paradoja de estos tiempos. ¿No? Hasta nosotros nos estamos quedando obsoletos.
–No –dije cansinamente. Me aburría el juego dialéctico que me proponía Romaguera y Santamans–. No tiene por qué ser así. Cada segundo tiene un coste y la demora se paga. Ahora bien, ustedes hasta ahora estaban cobrando por un tiempo que ustedes –subrayé el pronombre– malgastaban.
–La conservación y el mantenimiento de un congelado es un proceso muy caro –replicó.
–Sí, ya sé que la conservación y el mantenimiento es caro. Pero reconózcame que el consumidor final no tiene la culpa de su lentitud.
A Romaguera y Santamans se le amplió la sonrisa.
–¿Qué me quiere proponer, Ibárruri? –dijo.
–El envejecimiento celular acelerado es el gran mal de nuestros días –expuse–. ¿No es cierto? Cada generación vive menos años. Por lo tanto debe aprovecharlos mejor. El tiempo es oro. Es la gran ley de nuestros días. De ello se deduce que no es ningún pecado cobrar cada minuto que se le ahorra al consumidor. Si los trenes de hoy en día son mejores, es que han costado más dinero. El consumidor final debe pagar tal avance. Y además estará encantado. ¿Cuánto costará esta comida? 12.000 euros a cada uno. Y no es un gran gasto para ustedes los urba. No, señor secretario: no queremos dinero sino tiempo. Usted tiene sesenta años. Vivirá hasta los ochenta. Pero yo nací en el treinta, cuando la radiación ya era alta. Seguramente no llegaré a los sesenta. Sus nietos tendrán muchísima suerte si alcanzan esa edad.
–¿A dónde quiere llegar con esta cháchara? –preguntó un tanto sombrío.
–Ya sabe a dónde quiero llegar –solté–. Pero si prefiere la vía directa, por mi estupendo: podemos denunciarle por corrupción y estafa. Sabemos que una buena parte de las demoras producidas en sus, llamémosles, técnicas de ralentizamiento logístico, no se contemplan en los archivos. Es como si no hubiesen existido, y por consiguiente no se hubiese cobrado ningún dinero por la conservación del producto durante las mismas. Demoras millonarias, señor Romaguera y Santamans. Sabemos que usted se quedó ese dinero y lo desvió hacia las cuentas de su partido. Y sabemos que con ese dinero se pagó la última campaña electoral del presidente. Podríamos arruinarle la vida. Con su orla de pionero legendario de la nueva sociedad incluida.
–Háganlo –replicó el secretario mientras le temblaban los labios de ira.
–El tiempo es oro –insistí–. Y el consorcio para el que trabajo está más interesado en el oro que en desprestigiarle a usted. Quieren hacer un trato ventajoso para todos. Ellos le pagarán por cada minuto de estancia en Mercamadrid que logren restar a sus productos. Menos tiempo, más dinero para ustedes. Pero tienen que tener la exclusiva. ¿Qué le parece? Siempre podemos tomar la alternativa legal –le amenacé.

Romaguera y Santamans soltó una gran carcajada que distrajo las conversaciones del resto de los comensales. Algunos se volvieron molestos. Pero al reconocerle sonrieron con respeto y condescendencia.

–Muy bien, muchacho. Veo que nos entendemos –dijo jovial–. Creo que se han ganado ustedes la concesión en exclusiva. Esta misma tarde me voy a poner en contacto con la gente que le contrató. Y además voy a recomendar que le asciendan en el departamento.
–No lo haga, por favor –dije–. Ganaría menos que ahora.

Ambos nos reímos suavemente y brindamos. Todavía nos quedaba comida en los platos, pero habíamos gastado una preciosa media hora. Ya no era posible demorarse más, por lo que Romaguera y Santamans sacó su tarjeta y la expuso al aire. Inmediatamente le fue cargado en su cuenta el almuerzo. Nos levantamos. Mientras él me ponía la mano en el hombro, las baldosas deslizantes nos llevaron hasta la puerta.

–¿Ha salido alguna vez de Madrid, muchacho? –me preguntó.
–No, nunca –respondí lacónicamente.
–Pues debería hacerlo. Al menos una vez en la vida debería visitar algún estado del sur. Respirar aire puro y ver el sol de forma directa. Sin gafas de triple filtro ni trajes protectores de por medio. Sentirlo quemándole la piel. Es interesantísimo. A los de su generación tal vez no se lo parezca, pero los que como yo conocimos esos países en el pasado, nos asombramos de cómo han progresado.
–Sabe que alguien como yo no puede salir del estado, señor secretario –dije–: la Ley Sanitaria.
–Oh, sí, claro –soltó Romaguera y Santamans mostrando una risa sardónica–. Si yo mismo la promoví.
–Eso es –asentí–. Moriríamos en menos de dos días. Los del norte no resistimos la exposición solar prolongada.
–Cierto, muchacho, vaya cabeza tengo. Entonces conéctese esas matrices que venden. ¿Las recuerda? Oh, claro; los don no tienen esas cosas… Bueno, en todo caso si algún día quiere darse una vuelta por el mundo, llámeme y le conseguiré un permiso –y luego, en tono de revelación a la altura de mi oreja– . No se crea la Ley Sanitaria al pie de la letra.
–Le prometo que lo haré –respondí sin mirarle.
–Bien, así me gusta. Buen chico –dijo Romaguera y Santamans dándome una palmada en la espalda–. Y por cierto –añadió sujetándome el hombro– tengo algo para usted. Se lo acabo de pasar, justo antes de levantarnos, a su ultrapalm. Es algo confidencial. Ya sabe… Pero se lo podemos pagar muy bien. Estúdielo. Se verá bien recompensado.

Salimos del restaurante y nos dimos la mano. Romaguera y Santamans subió al magnetomóvil oficial, que le estaba esperando. Yo me quedé mirando unos instantes cómo se alejaba deslizándose a toda velocidad por uno de los pasillos. Después me dirigí a la cinta transportadora que me llevó al andén.
Esta vez el TMM no tardó demasiado en llegar, apenas unos segundos, y entré. Los intravoces me pidieron la identificación y mostré la ultrapalm a la pantalla de entrada. Por ellos oí:
Servicio gratuito. Cortesía RSM. Buen viaje.
Otro viaje gratis. La misma frase de siempre. Muy bien. El precio del transporte era astronómico, por lo que sólo los urba tenían acceso a él. Los funcionarios podíamos usarlo gratuitamente siempre que tuviésemos activadas nuestras claves de identificación.
En el vagón me senté frente a una urba de color muy hermosa. Debía medir un metro ochenta y parecía esbelta y desdeñosa. Su mirada era castaña y redonda, sus labios rosados y gruesos y sus pómulos prominentes. Vestía una larga túnica amarillo canario con ribetes rojos. Llevaba el pelo recogido en un pañuelo azul marino. Tenía en la cara un mohín de intranquilidad ante mi presencia. Notaba que no era urba como ella.
A los pocos segundos el tren se detuvo en Cibeles y me levanté para bajar. Sonreí a la mujer y ella desvió la mirada.
En unos minutos estaba de nuevo en el edificio de la PEM. Dispuesto a acceder a mi despacho. Un privilegio que costaba mucho dinero y pocos agentes se podían permitir. Había que resolver muchos casos para darse ese lujo. Y antes de resolverlos, trabajarse muy bien a los consorcios para que confiaran en uno. Había que saber venderse. De lo contrario te morías de hambre.

Una vez en mi despacho, me senté en mi silla, frente a mi mesa y mi pantalla. Me desanudé la corbata hasta poder quitármela y tirarla en una esquina. Ordené a la silla que me diera un masaje y gocé por unos instantes de mis propiedades privadas. Al poco la silla me impulsó hacia adelante. La pantalla se encendió y apareció en ella la imagen de una comida de trabajo de tres urba ejecutivos: mis clientes. Me entretuve viendo aquel plano panorámico de Fernández–Hirsch, Carlos Montera y Adolfo Sciorini en la mesa de algún restaurante, mientras discutían y comían a toda prisa. De repente Montera, ataviado con camisa rojo pimentón y corbata azul celeste, se volvió hacia mí:
–Vaya, ¿ya ha llegado? –los demás también me miraron.
–Ya está –dije con una sonrisa de satisfacción.
–¿Hecho? –preguntó Fernández–Hirsch.
–Hecho –asentí–. Era fácil. Le teníamos bien cogido. Ha aceptado. Supongo que se pondrá en contacto con ustedes tarde o temprano. No puede fallarnos.
–¡Magnífico! –celebraron los tres–. Es usted un hacha, detective Ibárruri. Le felicitamos sinceramente.
–Háganme la transferencia y olvídense de mí hasta que vuelvan a necesitarme –dije.
–Claro –dijo Montera–. No perdamos un tiempo innecesario: veinte mil euros. La mitad a disponer en metálico, tal como usted quiso. El resto en acciones de Sociedad Estatal de Hidrógenos Parisinos. Dentro de unos segundos los tendrá en su cuenta.
–Perfecto –asentí con placer–. Y ahora, señores, les dejo. Ha sido un placer trabajar para ustedes.

Al cerrarse la conexión, volvió de nuevo la imagen de mi sofá con el maldito gato encima. Saqué de mi americana la ultrapalm. La situé frente a la pantalla para visualizar lo que Romaguera y Santamans me había introducido. Apareció un fondo negro con una franja roja –señal de información vetada–. Oí una voz que decía:
Señor Ibárruri, está usted intentando acceder a una información altamente restringida. La misma tiene a Aslan Ibárruri como destinatario. Sin embargo, no podrá ser visualizada en ningún aparato conectado a la red. Por su propia seguridad, revise esta información en un aparato autónomo y en la más absoluta privacidad. Repito: es por su propia seguridad.

Me levanté, me puse la americana, recogí la ultrapalm y salí del despacho. Crucé de nuevo la planta y me dirigí a los ascensores. Descendí hasta el nivel menos tres, el de la línea que me llevaba hasta el cambio de Sol. De allí partía la RAF (Red Antigua de Ferrocarriles). Es decir, la que usábamos los don para ir a nuestras casas. No tomé el TMM, sino que fui en cinta transportadora hasta el cambio. Una vez en Sol, crucé la línea de seguridad tras ser identificado por los ciberagentes. No ser reconocido por aquellos bolardos electrónicos suponía recibir una descarga de 3000 amperios y 125 voltios. Suficiente para disuadir a cualquier inmi que tuviera intención de infiltrarse en las redes de transporte.
Esperé en el sucio y desconchado andén a que llegara el tren que me llevaría a casa. Tardó del orden de diez minutos en aparecer una máquina obsoleta. El tren me dejó en la estación de Bilbao. Descendí del vagón y anduve por el estrecho pasillo hasta llegar a la boca de salida. Ascendí las escaleras y fui a parar a la superficie, dentro del túnel de triple filtro que nos protegía de la radiación. Estaba hecho a base de trozos de cristal roto, recogidos de los vertederos urba y soldados con plomo y pez. El mosaico formaba una gran vidriera que, a diferencia de las que yo había visto en algunos libros, en los ventanales de las iglesias góticas, era de una deprimente monotonía cromática.

Caminé por las callejuelas tras dejar atrás la solitaria glorieta de Bilbao, con sus portales destrozados, su fuente seca y ennegrecida, y su atmósfera de silencio aturdidor. Llegué al número veintitrés de Cardenal Cisneros protegido por las valvas –construidas también con restos de triple filtro abandonados–, que proporcionaban una sombra muy agradable ante el tremendo calor que azotaba a aquellas horas la calle.
Entré en el portal y vi un par de inmis durmiendo en el interior. Eran, por lo que pude vislumbrar en la tenue oscuridad, dos muchachos negros, esqueléticos y medio desnudos, que sudaban abundosamente entre convulsiones. Probablemente por alguna fiebre contraída en su país de origen. O quizás víctimas de alguna extraña enfermedad provocada por la radiación. En todo caso, mi obligación era avisar a la comandancia de distrito para que los detuviera y exterminara. Ya habíamos tenido en anteriores años epidemias de paludismo, dengue y parásitos diversos traídos por aquellos desarrapados. Pero eso ocurría en la estación húmeda. Ahora, con la sequedad, era difícil que ninguna plaga se pudiera extender. Excepto la insolación.
Opté por apiadarme, ignorar a aquellos desgraciados y subir las escaleras. En el segundo rellano estaba mi apartamento.

Una vez dentro, descorrí todas las cortinas para que entrara la luz a través de los triple filtro. Conecté el aire acondicionado, que funcionaba mejor que el de la oficina, y fui a la cocina a servirme un vaso de zumo de naranja bien frío. La nevera, comprada en una subasta de desechos urba, funcionaba estupendamente y se agradecía el frío del líquido en mi garganta seca. A decir verdad, si alguna ventaja tenía el potente sol era gozar de un abastecimiento eléctrico envidiable. Si alguien hubiese podido mirar desde el infecto cielo los tejados del Distrito Financiero, habría descubierto un enorme juego de millones de espejos reflejando el mórbido sol. Absorbiendo su energía y transformándola en calor, luz, sonido, frío… Fue gracias al Gobierno que se llevó a cabo el plan de placas solares para los habitantes del distrito. Y el resultado había sido óptimo.
Fui a mi habitación. Me quité el traje y la ropa interior. Lo dejé todo encima de la cama. Desnudo, entré en el baño y me metí en la ducha. Dejé que el agua me refrescara. Salí y volví a la habitación. Me puse una chilaba blanca y las zapatillas de caucho. Me senté en mi silla de despacho. No era tan moderna como la de la oficina, pero resultaba confortable, pues también era de aire denso. Encendí el ordenador. En realidad poco más que un voluminoso monitor y un teclado anticuado. Lo desconecté de la red. Expuse la ultrapalm frente al mismo y esperé a que la transferencia de información finalizará. Tardó algunos minutos, dada la limitada potencia de mi computador casero. Cuando finalizó la transferencia, la pantalla se encendió.

Apareció la sonriente cara del secretario Romaguera y Santamans, y junto a él las caras de Montera y Fernández–Hirsch.
–¡Señor detective Ibárruri! –dijo Romaguera y Santamans ante la discreta sonrisa de sus acompañantes–. Qué placer verle de nuevo. Espero que habrá tomado usted las precauciones necesarias. Supongo que sí. Es usted un joven muy listo. ¡Ya lo creo! Mis amigos –y señaló a Montera y Fernández–Hirsch–, pueden dar fe de ello. Al igual que yo. Ha resuelto el caso que le encargamos de manera muy satisfactoria, a pesar de no haberse dado cuenta de que le tendíamos una trampa, que todo estaba preparado. De todos modos, de eso se trataba. De que no fuera tan listo como para eso. ¿Cómo iba a saber que le estábamos probando?
–¡Serán cabrones ! –exclamé ante la pantalla.
–En fin –decía el secretario–, lo que nos importa a estos amigos y a mí es que usted es seguramente el policía más espabilado del Estado. Y el más ambicioso. Nadie pide los porcentajes que pide usted –se rió y luego puso un gesto sombrío–. Pero el caso que ahora vamos a encargarle es real y muy grave. Tal vez sea el caso más importante de su vida. Lo digo en serio –por su cara parecía que así era–. Se trata de un asunto de extrema gravedad que deberá usted llevar como un… ¿Cómo diría? –suspiró–. Un caso de honor y patriotismo. Eso es. Se trata de un caso de patriotismo. Aunque sin duda bien recompensado. No tema. Mis amigos –Romaguera y Santamans volvió a señalar a Montera y Fernández–Hirsch, que me miraban fijamente desde la pantalla– son además de magníficos ejecutivos en sus empresas, personas muy implicadas en el futuro del Estado. No de manera oficial. Claro. Estoy seguro que usted se habrá encargado de investigar en la red sus currículos y habrá sabido que anteriormente fueron funcionarios del departamento de seguridad interior –lo había hecho, ciertamente. Pero el que unos altos funcionarios cambiaran de empresas de capital oficial a otras privadas era algo muy común. Los urba se movían constantemente de un trabajo a otro–. Bien, siguen siéndolo, aunque a título, llamémosle, particular. El caso es que mis amigos están, en cierto modo, más cerca del poder que nosotros dos. Habrá usted oído hablar del Comité Último de Estabilidad –había oído hablar, aunque desconocía, como la mayoría, quién lo componía–. Tiene usted el privilegio de conocer a dos de sus miembros.
–Y tú también debes de serlo, cabronazo, porque estos dos parecen tus putos criados –me dije a la vez que seguía escuchando la perorata de Romaguera y Santamans:
–Bien, como le iba diciendo se trata de un caso de suma gravedad. Para qué dar más rodeos: el doctor Ramallaes, el secretario del presidente, ha desaparecido y usted tiene que encontrarlo. Con este archivo que está visualizando le adjunto una clave de acceso al Registro de Vidas Privadas. Ya sabe usted que eso es algo sumamente inusual. Por su alta confidencialidad. Le ruego que sea discreto con lo que lea allí sobre la vida del doctor Ramallaes. Y espero que dé con alguna pista que le pueda llevar hasta donde se encuentre, puesto que nosotros no tenemos ni idea. No sabemos nada. Ni cómo, ni dónde desapareció. Nada de nada. Sólo que hace dos semanas exactamente, el jueves quince, fue al trabajo desde su casa y al salir de un almuerzo oficial, en el mismo restaurante donde usted y yo nos hemos visto, desapareció. Y con él su ultrapalm, donde tenía grabados unos archivos muy importantes, vitales diría yo, para el funcionamiento orgánico del Estado. Comprenderá que, tanto como al doctor Ramallaes, necesitamos saber qué se ha hecho con esos archivos. No es que no nos fiemos de él. Por supuesto, es un miembro destacado de nuestro estado. Y nos preocupa su seguridad. Pero tememos que los archivos puedan desaparecer o algo peor: que caigan en manos de gente que pueda utilizarlos en su propio beneficio. No le ocultaré que me refiero a las mafias del reciclaje. Algunos de esos documentos trataban el problema que estos grupos están generando. No sólo a ustedes, los que viven en el Distrito Financiero, sino incluso a la economía de la sociedad urba. Esas bandas se han vuelto extremadamente poderosas y están comenzando a atacar financieramente algunas de nuestras empresas insignia. No nos gustaría que adquirieran en su propio interés parte del capital de Mercamadrid, por ejemplo. Y hay rumores de que pretenden hacerlo.
Dado que los archivos desenmascaraban a la mayoría de los testaferros y empresas tapadera de las mafias, nos tememos que el doctor Ramallaes haya caído en manos de alguno de estos grupos. O que le hayan eliminado, robándole la ultrapalm y accediendo a los archivos. Inexplicablemente, el doctor no hizo copia de los mismos para enviarlos a alguien que los pusiera a salvo. Al menos, no hemos encontrado copia alguna. Y le aseguro que hemos registrado hasta el más humilde ordenador del Estado.
Romaguera y Santamans estaba tratando de relajarse en su asiento. Pero los continuos tirones que le daba a las solapas de su traje fucsia, el modo en que reiteradamente se recolocaba sus gafas de montura de plástico lila, denotaban un gran nerviosismo.

–Creo que no hace falta que le de más explicaciones –continuó–. Nos va mucho a todos con estos archivos. No podemos permitir que esa gente, a la que le importa un comino nuestra sociedad, el grado de convivencia y el bienestar que hemos alcanzado, esa gente de fuera –lo dijo con la rabia del que odia a los inmis–, llegue a alcanzar el poder. Y, créame, están más cerca de ello de lo que parece… Bien, señor Ibárruri, ya sé que es poco lo que tiene, pero estoy seguro que usted sabrá arreglárselas. Una sola cosa más antes de destruir el archivo: tiene seis días para encontrar al doctor Ramallaes. Si en seis días no lo encuentra, no sé muy bien lo que puede pasar, pero seguro que será una catástrofe. Dos semanas y seis días es el tiempo estipulado por nuestros técnicos para que un informático que trabaje para las bandas, y ya sabrá que algunos de nuestros mejores hombres se han vendido a ellos, descifre las sucesivas claves de entrada a los archivos del doctor. Y ya han pasado dos semanas. Sí –Romaguera y Santamans dudó unos instantes antes de seguir–, hemos cometido un gran error retrasándonos tanto tiempo, pero comprenda que no ha sido nada fácil encontrar un detective de confianza. La amenaza es muy seria como para dejarla en manos de cualquiera. Ahora sabemos que usted es el hombre indicado. Le podemos comprar y vamos a hacerlo. Una oferta que no podrá rechazar: quince millones de euros. Lo suficiente como para acceder a la categoría de urba. ¿Diría que no al final de sus ahogos económicos? ¿No diría adiós al cuerpo de policía, al calor, a la miseria, al hedor de las calles y a la hiperradiación? –el secretario mantuvo un tenso silencio mientras me miraba a través de la pantalla, esperando astutamente a que yo madurara su propuesta– Sé que no nos defraudará –concluyó–. Haga bien este trabajo. Contactaré pronto con usted. Adiós, señor Ibárruri. Y buena suerte.

El archivo se autodestruyó y la pantalla de mi ordenador se apagó.
Menos de una semana para encontrar al doctor Ramallaes y devolverlo a su nido. A cambio de más dinero del que vería en cien años de vida como don.
Lo haría. Por ese dinero lo haría gustosamente. El problema residía en cómo. Decidí no obsesionarme por el momento. Busqué mi caja de ansiolíticos. La encontré en el bolsillo de la americana. La abrí y escogí dos píldoras con sabor a cereza. Luego me desnudé, corrí las cortinas de la habitación y me tumbé en la cama. La había heredado de mi abuelo, que la consiguió a precio de ganga de un reciclador de materiales del Palacio Real. Eso fue en los años treinta. No era excesivamente cómoda, pero sí recia y amplia. En la cabecera de la misma, sobre las paredes pintadas en color siena, colgaba un cuadro que antaño fue famoso y preciado. También herencia de mi abuelo. Adquirido en el desvencijado Museo del Prado. Se trataba de La Anunciación, de Fra Angelico.
Por aquel entonces, el cuadro no valía nada a pesar de que estaba presente en muchas casas urba. Era un simple original. Una cosa imperfecta hecha por la mano humana en épocas bárbaras. Los urba despreciaban el arte. Lo consideraban un signo de neurosis y rebelión contra la tecnología. Sin embargo, gustaban de lucir en sus paredes de plasma las últimas novedades que se ofrecían en las tiendas de decoración de la red. Los urba solían cambiar sus cuadros digitales con frecuencia. Los alternaban según la época del año. O su estado de ánimo. Yo, en cambio, amaba ese original olvidado y pintado más de cinco siglos atrás.

Dormí hasta que al caer la noche me despertó el ruido de las calles. Recordé entonces que debía entregar mi artículo para el Inn Madrid Times. Me puse unos vaqueros viejos y una camiseta antigua, a listas azules y granates, con un extraño escudo a la altura del pecho con las iniciales F.C.B. Yo suponía que era el del estado de Barcelona. Detrás tenía un número, el ocho. Y un nombre: Stoichkov. Imaginaba que debió pertenecer a algún funcionario de la policía estatal barcelonesa. Por eso me gustaba llevarla.
Escribía en el Inn Madrid Times una columna semanal, titulada El vigía, que aparecía los viernes. Era la visión que tenía un don sobre la sociedad del Distrito Financiero. Con ella pretendía influir en los poderosos urba para que nos prestasen más atención, cosa que casi nunca conseguíamos. Puse un disco compacto: Pre–millennium Tension. De un compositor llamado Tricky. De finales del siglo pasado. Encendí el ordenador y abrí el archivo donde guardaba la columna, a la cual sólo le faltaba el remate:
Puesto que los cabecillas de estos grupos extorsionan a comerciantes y asesinan impunemente en los vertederos de la ciudad, deben adoptarse medidas de urgencia por parte de las autoridades del estado para frenar este sangrante problema.
No, aquello era demasiado blando. Lo borré. No citaba el hecho de que las bandas estaban armadas por los urba. Las utilizaban para atemorizar a los inmis y mantenerlos alejados de sus distritos. Por mucho que ahora Romaguera y Santamans les temiera, los urba habían alimentado a la criatura.
–Cría cuervos y te sacarán los ojos –dije en voz alta.
Un refrán del siglo pasado que venía muy al pelo a la ocasión. También pensé que tenía que buscar en la red algún reportaje sobre los cuervos. No recordaba muy bien si se trataba de un ave o un roedor. Recuerdo que me incliné por pensar que era un tipo de rata.

No se me ocurría cómo terminar el artículo sobre las mafias. Aporreaba el estruendoso teclado haciendo un ruido profundamente molesto que se repartía por toda la casa. Sobrepasando incluso los niveles del disco compacto que acaba de poner en la obsoleta cadena estereofónica. Ambas chatarras, tanto el ordenador como la cadena de música, habían pasado recientemente por el taller de mi vecino Ibrahim. Éste me había pronosticado que aquella era la última reparación que admitían. Aun así, me aseguré de que tenían cuerda para más de un año. Luego ya se vería.
Quería terminar el artículo de un modo contundente, llamando la atención de las autoridades sobre el problema. Si algunos urba de la Concejalía de Información, donde solían leer el periódico para censurarlo, se hacían eco del problema, algo se podría avanzar. Al menos, se evitarían episodios como los del día anterior, en el que catorce inmis, que buscaban algunos útiles en el vertedero de San Chinarro, fueron quemados vivos.
Con la clara certeza de que las bandas mafiosas del reciclaje están fuertemente armadas, cabe preguntarse, siendo como son de los nuestros, de dónde obtienen su sofisticado armamento láser voltaico y, en consecuencia, tomar medidas para desarmarlos y acabar de una vez con este problema sangrante. Sin sus armas, estos grupos serán inocuos y se restablecerá la libertad de reciclaje que ha imperado durante tanto tiempo.
Así estaba mejor. De ese modo, sin nombrar a los urba, todo el mundo en el Distrito Financiero entendería que estaba hablando de la vinculación entre las mafias y el poder urba.

Releí el artículo entero y me sentí medianamente satisfecho. No era ninguna maravilla. Pero el escaso nivel cultural de la población inmi requería cosas mediocres, sencillas y pedagógicas. Por supuesto, Inn Madrid Times era un periódico dirigido a los inmis. Tenía una triple tirada de 50.000 ejemplares que costaban un euro físico. Una vez adquiridos, pasaban de mano a mano. Llegaban a ser leídos por más de un millón de personas. Aproximadamente la población adulta de la ciudad vieja. Es decir, la zona del Distrito Financiero donde se desarrollaba una sociedad inmi medianamente organizada.
Se trataba principalmente de norteamericanos, magrebíes y negros africanos llegados en los primeros años del siglo XXI. Trabajaban como comerciantes de basura reciclada o reparadores de máquinas de todo tipo. También se dedicaban a comprar y vender los alimentos que los don pobres traían de Mercamadrid. Éstos trabajan para los urba descargando unos trenes y cargando otros que tenían destino fijo a cada distrito y a cada urbanización. Al final de la jornada, se les pagaba con 15 quilos de alimento por trabajador. Ellos regresaban al Distrito Financiero en un convoy especial que los dejaba en Atocha. Junto a una de las pocas puertas con acceso libre a la superficie que existían en el estado. Entonces se dirigían con sus sacos a los comercios de su barrio. Allí cambiaban por dinero físico el alimento conseguido. Seguidamente éste era puesto a la venta. Era la forma en que funcionaba la economía del suministro de alimentos entre los inmis.

Apagué el ordenador tras mandar el artículo a la redacción. Me sentí cansado. Eran las doce de la noche. Apagué la música, salí del despacho y deambulé por el ancho piso. Había abierto las ventanas y llegaba hasta mí el humo de las hogueras de la calle. Salí a uno de los balcones y vi a la gente charlando, sentada en la acera, procurando que los arroyos de légamo que discurrían paralelos no les mojaran los pies. Aquello era altamente infeccioso: una mezcla de aguas residuales y sustancias químicas que de día hacían el aire fétido e irrespirable. Más teniendo en cuenta que a esas horas las valvas estaban cerradas.
Ahora las enormes valvas ahumadas estaban abiertas. Tanto el humo de las hogueras como los gases del arroyo escapaban a la atmósfera. Saludé a algunos de mis convecinos desde el balcón, que se volvieron hacia mí.
–Eh don, everything okay? –me preguntó un inmi nigeriano fibroso que iba desnudo de cintura para arriba y estaba ensayando un baile.
–Comme si, comme ça, Hakim –respondí.
El negro me sonrió con su blanca dentadura y sus sempiternas gafas de sol tapándole la mirada. Me invitó a bajar y le respondí que no tardaría nada en hacerlo. Me dirigí al interior del piso y tomé mis gafas de sol de una mesilla, me las puse y apagué el generador de electricidad antes de salir. Bajé al portal y allí me encontré al maldito gato, con algunos de sus congéneres, devorando una rata gigantesca que tenía unos extraños tumores en el lomo. Lo subí a casa, le puse leche en un cazo y le di algo de las sobras de mi cena del día anterior.
Regresé al portal acompañado por una débil luz. Llevaba los vaqueros y la camiseta del agente Stoichkov, pero no las deportivas de caucho. Con el calor de la calle me hubieran producido llagas. Eran mucho más cómodas las sandalias de suela de rueda de camión atadas con cintas de cuero.
Abrí el portón de salida a la calle y me encontré con toda una orquesta dispuesta a tocar. Eran los árabes del zoco del Dos de Mayo: comerciantes de alimentos, barberos cirujanos, zapateros, sastres, reparadores de maquinaria… Gente honesta como todo el mundo. Es decir hasta cierto punto. Gente que no podía dormir con el calor asfixiante y carecía de dinero para costearse un aparato de aire acondicionado. También personas que preferían pasar las noches de la estación seca bebiendo cerveza de baobab, fumando marihuana y tocando sus flautas y sus tambores. En un ruedo en el suelo se habían dispuesto un flautista, un tocador de pandereta y dos percusionistas. En el centro estaba Hakim y una gruesa mujer berebere, esposa del árabe de la pandereta. Era tan vieja y gorda como famosa por su voz áspera y masculina. Distraía las noches del barrio de Chamberí. Incluso la contrataban para tocar en Lavapiés y Los Austrias cuando había bodas o cualquier otra cosa que celebrar.

–Hombre, don, ven a bailar aquí conmigo. Dont you worry, mon frere. Hoy es día de fiesta –dijo Hakim balanceándose de un lado a otro. Ya borracho de cerveza. O ron. Y fumado.
–No, shucran, amigo mío. Sabes que bailo mal. Sólo voy a fumar y a escuchar a Fátima cantar. Y a admirar tu baile, por supuesto –dije con mis gafas de sol incrustadas. Resultaba curioso cómo nuestra vista se había acostumbrado a aquel nivel de oscuridad.
–Oh, don no baila porque es blanco y listo –dijo Hakim soltando una risotada. Todo el mundo le secundó–. Don no es como nosotros pero vive con nosotros. Los don son raros. ¿Verdad, vecinos? Y hay don malos, no creáis, vecinos –advirtió a la concurrencia–. Pero el nuestro no. Nuestro don es pobre como las ratas a pesar de su gran casa.
–Mi casa es vuestra casa –intervine con premura.
Temía que el discurso de Hakim terminara en un alegato contra los de mi clase. Estaba tenso, pegado a la puerta de la casa por si tenía que escapar. Con el calor, con la miseria y la crispación, nunca se sabía hacía quien se volverían los cuchillos.
–Por supuesto, don, por supuesto –concedió el negro y todos estuvieron de acuerdo–. Eres un don bueno y humilde. Como nosotros –aseguró con descarado cinismo–. Pero decía que hay don malos. Como Sánchez. Dirty bastard ese Sánchez. Un cerdo.

Hakim se refería Alfredo Sánchez, un mulato de origen cubano muy asentado en la comunidad y capo de una importante mafia de tráfico de medicamentos. Era un tipo brutal y cruel que, según se decía, traía en la estación húmeda inmis tropicales con fiebres para que extendieran epidemias. Luego especulaba con el precio de la quinina y otras medicinas. Algunos le relacionaban también con las mafias del reciclaje.
–Sabéis que a mí tampoco me gusta ese tipo. Es un ladrón y siempre lo he dicho –afirmé.
–Claro, don –resolvió Hakim con la mirada encendida–. Tienes razón. You are nice, don. Bien –dijo dirigiéndose a los músicos–. Todo el mundo a bailar para el don.
Los árabes, más simpatizantes de los don que los negros y los norteamericanos, pues como comerciantes obtenían más beneficios de sus gestiones, se apresuraron a hacer sonar sus instrumentos para terminar con el momento de tensión. Fátima comenzó a cantar una antigua canción llamada J’en ai marre. Todo el mundo comenzó a bailar y uno de los árabes me pasó un cigarro de marihuana y una botella de cerveza de baobab.
Yo lo acepté gustosamente. Sentado bien cerca del portón de mi casa, no dejé de vigilar las evoluciones de Hakim. No me fiaba de él, a pesar de que le conocía desde pequeño. No me fiaba de ningún inmi que tuviera menos dinero que yo. Y menos si estaba borracho y colocado. La combinación de alcohol y marihuana les hacía especialmente violentos.

Al cabo de un rato Ibrahím, el dueño de la tienda de reparación de maquinaria del zoco, se acercó a mí ofreciéndome un pan moro con pasta de garbanzos y una botella de ron cubano:
–Deja esa mierda de jugo de frutas podridas –dijo refiriéndose a la cerveza de baobab– y bebe un buen ron de Cuba–Miami. Añejo. Doce años. Se lo compré a uno de los hombres de Sánchez.
–Pero es terriblemente caro –aduje. Una botella de aquellas costaba en la red lo mismo que un ordenador de segunda mano. Y en el mercado negro eran muy difíciles de encontrar.
–¡Qué va! Hombre, sidi Ibárruri, mon amigo. Barata no es. Pero el tipo me debía un favor. La conseguí a buen precio –dijo invitándome de nuevo a beber–. Tú bebe, pero no digas nada. Sobre todo en presencia de estos. Son buenos musulmanes.
–Y eso ¿qué quiere decir, que se la beberían en menos de un minuto?
–Por supuesto –soltó Ibrahím acompañando la aseveración de una risotada.
–Waja –dije dando un trago.
Ambos nos reímos. Yo le pasé un cigarro de marihuana que me acababa de llegar y él compartió la botella conmigo. Durante un buen rato nos dedicamos a escuchar los cantos de Fátima, los versos recitados por aquella voz áspera y cansada que movía sus arrobas circularmente, embutida en un traje de seda amarilla con encajes y unas estrafalarias gafas de sol. Era un ritmo que se repetía una y otra vez, con pocas variaciones: la flauta, el pandero, los platillos y bongos… Una y otra vez los mismos sonidos cada vez más acelerados, conducidos por la voluminosa Fátima. Y en el centro los bailarines y bailarinas, negros y negras, hombres árabes seguidos por los aullidos de sus mujeres sentadas en corro. Todos palmeando y aullando.
En ocasiones se sumaban percusionistas cristianistas y el ritmo se volvía todavía más primario, más repetitivo. Y alguno de los bailarines, especialmente si era cristianista creyente, sufría convulsiones y ponía los ojos en blanco mientras se desvanecía. Entonces había que acomodarlo sobre el pavimento, ponerle un palo en la boca, un trapo bajo la cabeza y esperar a que se calmara.

Al cabo de un buen rato de fumar y beber ron le pregunté a Ibrahim:
–Eh, sidi, tú miras los boletines de la red. ¿Verdad?
–Me distrae –dijo Ibrahim antes de rematar la botella de un trago y sacar de debajo de su chilaba otra llena.
–¿Te suena el doctor Ramallaes?
–¿Cómo dices? –dijo dirigiéndome su mirada aturdida por el alcohol y la marihuana.
–¿Ramallaes? ¿Urba?
–Hum! Urba… No. O sí. Ese tipo… Ja, ja, ja… Doctor Ramallaes… Ja ja, ja. No sé, mi amigo. Ramallaes… Ja,ja,ja. No sé quién es. Igual mañana, más sereno. Pregunto si quieres tú.
–Pregunta –le pedí.
–Pero te va a costar caro –me advirtió. Entre los inmis ningún favor era gratuito.
–¿Cuánto? –pregunté haciéndome el interesado en regatear, tal como mandaban las buenas maneras entre vecinos.
–Una caja de estas –dijo señalando a la botella.
–Eso es mucho, sidi –me quejé.
–No, que va mon amí. Yo te digo dónde las consigues. Tú tranquilo, que yo pregunto. Luego tú compras y nos las bebemos entre los dos con un par de negras. Ja, ja, ja.
Sellamos el trato con un escupitajo y un apretón de manos. Hakim seguía dando vueltas sobre sí mismo.

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