Todo lo que se preguntaba eran las mismas respuestas que buscamos el resto de nosotros. ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Todo lo que pude hacer fue sentarme y ver como moría. (Blade Runner)

Todo lo que se preguntaba eran las mismas respuestas que buscamos el resto de nosotros. ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Todo lo que pude hacer fue sentarme y ver como moría. (Blade Runner)

Según mis predicciones, a los iPod les espera el mismo final que a los protagonistas de este vídeo: el paro
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Es curioso cómo una motivación aparentemente tangencial puede llevarnos a establecer conclusiones extraordinarias. O, al menos, que van más allá de los temas que solemos pensar habitualmente. A mí, el teletrabajo de mi mujer me ha revelado la muerte de los reproductores de MP3 tal y como los conocemos. O más bien, su lobotomización, su pérdida de contenido. En resumen, que estos aparatos dejarán de reproducir archivos MP3.
La concatenación de circunstancias que me han conducido a tal revelación han sido las siguientes: debido al trabajo de mi mujer, tuve que comprar una Fonera, de modo que en casa hubiera acceso a Internet vía wifi, ya que el router que tenemos es monopuerto y ofrece una sola toma de conexión por cable. A raíz de ello, comencé a sacar partido a la conectiviadad wifi del iPod Touch que ella me había regalado las pasadas navidades, y que hasta la fecha sólo usaba en su vertiente más musical.
A partir de entonces comenzó un proceso de experimentación que ha durado varias semanas. Primero con Simplify Media, un programa que permite escuchar en streaming en el iPod Touch, y en el iPhone, las canciones almacenadas en el disco duro del ordenador. El programa va de maravilla y desde mi iPod puedo, vía wifi, manejar en cualquier lugar de la casa (son dos plantas) mi audioteca, gestionada por Winamp. Una primera conclusión es que con esta aplicación se puede ir por la calle escuchando las canciones en el iPhone vía 3G y con tarifa plana (de lo contrario la factura de datos puede ser de órdago).
Una segunda conclusión más maligna es: ¿qué sentido tiene andar cargando las canciones en el iPod si se las puede escuchar vía Internet desde el disco duro del ordenador central? O mejor: ¿qué sentido tiene comprarse un iPod de 16 o 32 Gigabytes si con uno de 4 Gigas pasaríamos de sobra, e incluso con uno de un solo Giga, siempre que tuviera conectividad?
La siguiente etapa de experimentación fue pensar que si podía acceder a la radio vía wifi, pues igual le incorporaba de golpe y porrazo una nueva cualidad a mi iPod. Y más todavía: si podía acceder a un reporsitorio musical tan inmenso, ponderado y fascinante como LastFm, eso significaría que no sólo no tendría que preocuparme por los Gigas que compro en cada iPod, sino que ni siquiera tendría que preocuparme de comprar el relleno de los Gigas: las canciones. Pensé que si había una aplicación que me permitiera tener LastFm en un iPod con conectivad wifi, se acabó no sólo el guardar canciones, sino también el comprarlas.
Y la hay… La aplicación existe y funciona; tanto en el iPod como en el iPhone…
Y esto último significa tener acceso a toda la música del mundo vía 3G y por un precio de tarifa plana. El futuro es ese, eso está clarísimo. ¿Qué harán ahora iTunes y compañía? LastFm te invita a comprar las canciones en la tienda de Apple, pero ¿quién quiere comprar algo que se puede conseguir con un solo clic?
La respuesta es bastante más obvia de lo que parece: LasFm facilita un puente directo entre el artista y su público; más directo al menos que el que ofrecían las discográficas, porque cada canción que suena lleva toda la información sobre las próximas fechas de gira del intérprete, el lugar, el mapa de la ciudad, el precio de las entradas… Y por supuesto la posibilidad de comprarlas en la tienda de iTunes… ¿O es que pensábamos que Steve Jobs era tonto?
Otras cosas interesantes que se revelan con la inclusión de LastFm en el iPod: hay que abandonar la obsesión por la capacidad de almacenaje y concentrarse en mejorar la conectividad a redes de acceso a datos. ¡Más wifi y menos gigas!, ese es el próximo grito en las nuevas tecnologías.

Tengo el Windows Media Player corrompido (maravillas del sistema Vista) y el VLC me parece demasiado austero para usarlo como reproductor de audio. Es genial para vídeo, pero para escuchar un playlist de canciones sabe a poco: tiene un ecualizador muy básico y no muestra carátulas, además de ser más feo que un ministerio soviético.
Por otro lado, el iTunes me parece un tostón: lento, pesado y complejo de usar para algo tan sencillo como arrastrar un archivo musical y volcarlo en el reproductor. Ya sé de sobras que para otras cosas es genial, pero es el tipo de programa que JAMÁS usaría a diario.
Respecto a las alternativas libres, Songbird es muy bonito, pero es la beta más eterna que he visto en mi vida. De Amarok ni hablamos: trabajo en Windows por necesidad profesional, y aunque tengo Ubuntu instalado en el PC, no voy a andarme pasando cada dos por tres de un sistema operativo a otro para escuchar un disco. Ya sé que KDE tiene una versión para Windows, pero YO SÓLO NECESITO UN REPRODUCTOR, no un escritorio entero. Y algo parecido sucede con Rhythmbox…
Así que sin saber muy bien cómo, he ido a parar a este desarrollo veterano que tenía olvidado: Winamp. Se ha renovado y la versión gratuita es bastante maja, con multitud de diseños y un sonido muy aceptable, en calidad CD. Me muestra carátulas, me permite acceder a mi audioteca en remoto desde otros dispositivos, como móviles, me regala descargas de Emusic (mi tienda de música favorita), me gestiona vídeos, me hace de sindicador de contenidos y hasta cuenta con un pequeño navegador. En fin, merece la pena.
Y mucho ojo porque con esta estructura podría imponerse en el sector del móvil como plataforma multitarea de referencia.
Sí, ya se que no es software libre. ¿Y?

Como he contado en un post anterior, adquirí una “fonera” por consejo de mi colega Antonio Delgado. El tema era conseguir habilitar un router monopuerto para que tuviera wifi. La compra la hice por Internet en menos de un minuto y al día siguiente se me comunicó la orden de pedido por SMS a mi Blacberry. En dos días hubiera tenido la “fonera” en casa de no ser por fallos de logística entre la empresa de mensajería y yo. Pero bueno, a la tercera fue la vencida y el cacharro estuvo en mis manos al día siguiente, y junto con él una antena de amplificación impresionante. El precio total, sobre los 40 euros.
Ahora en casa tenemos wifi por un tubo, y con la antena pegada al cristal de la ventana, detectamos la señal, aunque muy débil, en la playa (vivimos en Sitges), que está a unos 300 metros. El único problema es que hemos tardado 3 días en poder habilitar totalmente las dos redes, la privada y la pública, debido a que el firmware se actualiza a través de los servidores de Fon, que se demoran más de lo debido en confirmar los cambios. Pero ahora ya está solucionado y hay wifi no sólo en toda la casa, sino en todo el edificio.

Esta mañana muchos medios de comunicacón digales se hacen eco de un estudio del “Comité Científico de los Riesgos Sanitarios Emergentes y Recientemente Identificados” (CCRSERI) sobre lo malo que es el MP3. El “Comité Científico de los Riesgos Sanitarios Emergentes y Recientemente Identificados” es uno de los tres comités científicos no alimentarios e independientes que asesoran a la Comisión Europea sobre seguridad de los consumidores, salud pública y medioambiente.
ADN:
“El 10 % de usuarios del MP3 pueden quedarse sordos”
Pues oiga, entonces mejor que coja otra línea de bus o bien opte por el Metro.
El Mundo:
“Hasta 10 millones de europeos podrían perder la audición por el MP3 o el iPod”
Mejor perderla por estas vías que por el oído. El MP3 siempre se puede borrar y el iPod, pues se compra otro y se recupera la audición.
“UE advierte a los jóvenes que bajen el volumen del MP3″
Pues eso: con comprimir el archivo un poco más en un Zip o un Rar, ya se dejan de tener problemas con la Unión Europea.

Hoy, comiendo con David Sancha, resposable de la web de El Periodico de Catalunya, me ha surgido una visión curiosa. Al parecer David acude con regularidad a un ciclo de conferencias sobre diversos temas relacionados con las nuevas tecnologías. En una de ellas, que versaba sobre la publicidad online, el ponente explicó la siguente anécdota: Un anunciante acudió a la agencia Ogilvy para promover una campaña sobre un producto para adolescentes. Propuso tres frentes para sus anuncios: 50 % en televisión, 30 % en prensa y 20 % en radio.
El publicista le explicó al anunciante que el público objetivo al cuál se dirigía la campaña ni ve la tele, ni lee periódicos ni escuchala radio. Le propuso que probara con Internet y el anunciante le miró sorprendido. “¿Pero es que se pueden hacer cosas ahí?”, le pregunto. El anunciante no era consciente de que su target de consumo se concentra mayoritariamente en este medio. Por supuesto, no sabía ni que existía una cosa llamada redes sociales…
Me queda la incognita de si el publicista le explicó las entrañas de la nueva estructura social que supone la Red, así que me otorgo el privilegio de acabar la historia a mi manera. Yo imagino que el anunciante, al saber que su público era el que formaba las comunidades online, dijo: “mire, a mi esa gente no me interesa”. Y se fue a otra agencia con el deseo de que le vendieran una realidad más a su gusto.

Son curiosas las razones por las que uno se apunta a determinadas cosas. Fon lleva tres años predicando una “revolución” de redes wifi (hasta consiguió financiación de Google y Skype por 18 millones de euros) que de momento no sólo no se ha producido, sino que ha ido en el sentido contrario.
Cuando nació la idea de Fon había en las calles de Madrid (donde entonces residía) multitud de redes abiertas a las que uno podía conectarse. Recuerdo un viaje en coche con el ordenador encendido en el que las redes se sucedían en el detector y uno podía ir pasando de una a otra (casi) sin perder la conexión.
Ese sueño duró poco. Sea por lo que fuere, las redes comenzaron a aparecer con el candado y ya no había manera de conectarse. Cuando decidí regresae a Barcelona, pronto hará dos años, ya no podías conectarte a no ser que te fueras a la plaza de Santo Domingo y por cortesía del Ayuntamiento.
Así, Fon, que vendía como un “movimiento” el poner su marca a tu wifi abierta para hacer un negocio a pachas revendiéndola (o simplemente compartiendola a cambio de tener tú también wifi gratis en otros sitios) vio su “revolución” frustrada por la involución de las redes abiertas. Nosotros hicimos en su día un análisis del invento.
Pero la vida da muchas vuelta. Ahora se llevan los router monopuerto. Te los cuelan como quieren a cambio de más velocidad de acceso. Pero en realidad te quedas tú sólo con un montón de “Megas” y una sola entrada Ethernet. Los routers monopueto son onanismo puro: Algo muy placentero pero que por fuerza se disfruta en soledad. Si viene alguien a casa, o si tu pareja quiere hacer teletrabajo, tienes que andar compartiendo cable como si de una pipa de agua se tratara: un rato tú, un rato yo.
A mí me colaron uno a un precio muy ventajoso por 10 “Megas” que rara vez he alcanzado. Cuando quise cambiarlo por un router wifi, me dijeron que debía escoger otro servicio “menos barato”. Pregunté a mi colega Antonio Delgado por una posible solución y me aconsejó Fon.
Me fui a su página, metí mis datos, compré por 34 euros (IVA no incluido) la Fonera (en realidad un trasnformador de la señal del monopuerto en wifi) y pagué. La ventaja es que por ese precio me aseguran que voy a tener por fin wifi en casa, con una señal incluso más potente que la que me puede ofrecer mi ISP, a cambio de dejar parte de mi ancho de libre abierto a otros “foneros” como yo. Ya veremos cuando llegue el aparatito… De momento la compra ha sido rápida y sencilla. Si soluciona mi problema estaré encantado.
Las demás ventajas de Fon de momento me traen al pairo, pero quién sabe de cara al futuro si me será úti. Conviene estar con las revoluciones en tiempos tan revueltos como estos.

Lo que viene a continuación es la historia que un inmigrante ecuatoriano me relató en un trayecto desde el Ikea de L’Hospitalet a la plaza Universidad de Barcelona, sentados ambos en la cabina de un camión de transportes. No entro a juzgar si es cierto o no, exagerado o preciso, literario o verosímil. Lo expongo porque me parece tan ejemplificante como inquietante.
El señor Antonio llegó a España en 1999 procedente de Ecuador. Comenzó a trabajar subcontratado para Ikea como transportista y montador de muebles. En cuanto se estableció mínimamente, llamó a su mujer, su hijo y su cuñado. Todos encontraron pronto trabajo: ella como cuidadora de una pareja de ancianos; ellos también para Ikea como montadores y transportistas subcontratados.
Uniendo los cuatro sueldos, consiguieron el capital mínimo para dar la entrada para un piso en L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) mientras un banco les financió una hipoteca a bajísimo interés sin casi exigencias. (El señor Antonio aseguró haber visto con sus propios ojos prestamos personales concedidos con nóminas falsas). El piso les costó en el año 2001 112.000 euros.
Al cabo de cuatro años decidieron poner el piso en venta para conseguir un capital extra con el que financiar la construcción de una casa en Ecuador, lugar al que siempre han pensado en regresar el señor Antonio y los suyos. Llegaron a ofrecerles 240.000 euros, pero rechazaron las ofertas por creer que todavía podían sacar más rentabilidad a la inversión, que podían vender más alto.
Sin embargo, esa oferta fue la última. A partir de entonces los interesados por el piso dejaron de llamar y el cartel de “se vende” cogió polvo. Ahora el piso se ha devaluado hasta los 180.000 euros, una cantidad todavía superior al precio de compra. Pero ya nadie llama para interesarse.
En este contexto de sobra conocido, al señor Antonio y a tantos otros, Ikea prescindió de sus servicios; rompió el acuerdo y los dejó sin contrato preferente. Lejos de desesperarse, ellos se apostaron con sus furgonetas y camiones a las puertas del Ikea de L’Hospitalet para ofrecer sus servicios más baratos. Allí siguen. Acechan a los clientes que salen del centro comercial con sus voluminosos paquetes y les proponen servicio de transporte por 40, 60, 100 euros… Precios irresistibles. Puede vérseles cada día de diez de la mañana a diez de la noche excepto domingos. Son caras indias, caucásicas, gitanas, eslavas… Tienen las lecciones del mercado bien aprendidas.
Un dia el señor Antonio echó cuentas y vio que hasta la fecha sólo había pagado los intereses de la hipoteca. ¿Cómo? Sencillamente porque dicho interés había multilicado por cinco su valor con la crisis económica. Si la letra inicial era de 400 euros, ahora estaba en torno a los 900 euros. Es decir, que si bien había comprado el piso barato, lo estaba pagando muy caro; y así debería ser durante los próximos 30 años…
El señor Antonio decidió dejar de pagar la hipoteca y pasar a la creciente lista de morosos hipotecarios. Entre otras razones porque en sus planes está volver pronto a Ecuador, y si quiere hacerlo con un mínimo de capital para construirse una casa, no puede pagar una hipoteca de casi 1.000 euros.
Han pasado cuatro meses hasta que el banco se ha puesto en contacto con el señor Antonio, y no ha sido para reclamarle los impagos o amenazarle, sino para hacerle una propuesta desesperada: el banco se queda el piso, pero a cambio el señor Antonio paga un alquiler razonable y mantiene la opción de volver a retomar la hipoteca en cuanto pase la crisis y de este modo recuperar el piso. El señor Antonio aceptó.
Pero sigue pensando en regresar en tres años a Ecuador, y entonces se desentenderá de la hipoteca. Al banco no le quedará más remedio que quedarse con un piso devaluado y de difícil liquidación. ¿Uno o un millón? ¿Cuántos señores Antonio hay?
A mí me parece comprensible lo que hace el señor Antonio; el capitalismo es eso: El fuerte explota las necesidades del débil en nombre del supuesto beneficio mútuo. Ahora el señor Antonio, que es el fuerte porque no tiene nada que perder, explota la necesidad de liquidez del banco. Sin embargo, rezo porque el señor Antonio decida volver lo más tarde posible a Ecuador.

No se te ocurra empezar a escribir sin detectar, rotular y estigmatizar la función de borrado…
Tenía preparado un bonito post sobre la crisis financiera, pero se fue al carajo… Tal vez otro día.

Sarah Palin, esa Esperanza Aguirre a la americana, es el gran dilema de la campaña de McCain, y también del propio candidato. Él mismo la escogió por su tirón mediático, algo que ya ha demostrado sobradamente que tiene. Palin cae simpática, gusta a los norteamericanos por su frescura, su desparpajo y su cinismo a la hora de expresar sus retrógradas convicciones morales, del mismo modo que el cinismo interesado de la presidenta madrileña impacta y sorprende hasta a sus adversarios. Cada vez que Palin aparece en pantalla, que su voz se deja oír, McCain se acerca un poco más a Barak Obama en las encuestas. Aunque sea poco.
Las cámaras la adoran, sin duda, como se ha vuelto a hacer patente tras su estreno en el debate de los vicepresidentes. Hoy todos los medios coinciden en que si bien Joe Biden fue mucho más consistente, la atracción de la noche fue Palin.
Pero del mismo modo en que los focos magnifican sus virtudes, las sombras las oscurecen en la mente de sus conciudadamos. Tras unos días de olvido, éstos ponen la imagen de Palin en su verdadero sitio: Ella, más que nadie y desde luego más que McCain, es la heredera de las ideas y preceptos neocon que encarna el desahuciado Bush. Ella es la culpable simbólica y subconsciente de la actual crisis financiera, de la guerra de Irak, de la Patriot Act y del desaforado gasto militar. En esto también se parece a Esperanza Aguirre: Ambas necesitan estar constantemente en el candelero para hacerse querer (o más bien perdonar), porque de lo contrario emerge su verdadero retrato.
Cuando Palin aparece en el escenario todo son sonrisas; pero cuando se aparta de la escena pública, cuando sus labios carnosos y sus ojos risueños dejan de ser el tema principal de las tetulias políticas, las encuestas condenan a caer en picado a su jefe de filas, y precisamente por tener al lado a Palin.
Así es el dilema de McCain: Sin Palin no tiene nada que hacer; ella es la que le está dando vuelo al viejo héroe del Vietnam. Pero si tira demasiado de ella traicionará su ideario (¿le importa?), convertirá la campaña en un festival berbenero digno de “Lo que yo te diga” y de paso se arriesgará banalizar la peor crisis financiera desde la 2ª guerra mundial, en palabras de George Soros. Y eso no se lo perdonaría nadie. Y menos que nadie los americanos. Esta vez (casi seguro que) no.